jueves, 19 de septiembre de 2013

Ella.

Ella era todo lo que necesitaba, ella controlaba mi respiración. Cuando ella sufría, yo sentía un soplo de aire frío, congelado, gélido. Todas las mañanas la despertaba con un beso en la frente; con un inmenso miedo a perderla;  con un inmenso miedo a que ella nunca despertara de su profundo sueño, que a la vez era el mío. Los otoños fueron pasando y yo poco a poco vi como sus labios carnosos se transformaban en agrietados labios rosados, blanquecinos. Su pelo largo, dorado con reflejos del color del sol, cambiaban a un color similar al que podría tener un invierno apagado y oscuro. Sus manos suaves, calientes, de color melocotón pronto se transformaron en escamas. Pensé que cada vez era yo más alto, sin embargo era ella quien menguaba. Pero todo eso no importaba porque ella controlaba mi respiración. Su corazón, latiendo a las mismas pulsaciones que el mío necesitaba un soplo de aire fresco, un soplo de aire nuevo; pero ella seguía atrapada en aquel invierno frío. Pasaron más otoños, y ella siguió transformándose, sin embargo, seguía siendo la misma. La misma que controlaba mi respiración.

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