domingo, 6 de octubre de 2013

Diario de un obseso.

La buscaba con la mirada pero nunca la encontraba. Intentaba regalarla una palabra que nunca salía de mi boca. Tenía un halo a su alrededor, un halo que no me permitía dar el paso de acercarme a ella. Mil veces pensé en tener su boca a dos centímetros de la mía. Mil veces pensé tener sus labios en mi cuello, sus senos en mi espalda, su culo entre mis manos. Todos los días la observaba desde la ventana que tenía mi pequeña oficina, siempre limpia pero desordenada, con una mesa llena de fotos con mi familia encima. Ella caminaba delante de mi con aquella falda por las rodillas de estilo tubo. La podría describir como una mujer simple pero perfecta. Sus curvas, asemejadas a un reloj de arena no hacían más que girar en mi cabeza. Cada día más que pasaba, más me gustaba, más me excitaba. A veces me preguntaba como era posible. Yo, casado, con dos hijos, un niño y una niña... Una sensación contraria me producía jaquecas. Por un lado el sentimiento de culpa al pensar en desear otra que no fuese mi mujer, a la que había jurado amor y fidelidad eterna. Por otro lado, no podía quitarme de la cabeza a aquella mujer morena de ojos verdes. Todo aquello no importaba, nunca me atrevería ni si quiera a invitarla a tomar un café. Solo cruzábamos un par de palabras al día: Hola y Adiós.
Poco a poco noté como se fue convirtiendo en una obsesión. Ya no quería comer, no me concentraba en mi trabajo, no hacía caso a mi familia. La obsesión se convirtió en lo que yo podría calificar de "valentía".
Un Jueves, a las seis de la tarde, hora de salir del trabajo, yo me tuve que quedar en la oficina y cancelar la cena familiar que tenía en casa de mi suegra a las nueve y media. Aunque tampoco me importaba. A ella la podría describir como una arpía que solo sabía decir bastadas y mentiras.
Aquel día por coincidencia, desgracia o fortuna tuve que hacer papeleo y llamaron a mi puerta; era ella, cerró la puerta y me trajo un café por orden expresa del jefe, amigo mío. Siempre suele traermelo él cuando me quedo hasta altas horas trabajando, sin embargo, eran las siete y cuarto, era mucho más pronto que otros días. Intercambiamos palabras, no me pareció tan difícil hablar con ella, al menos no tanto como había imaginado. Se quedó a mi lado contándome algunos cotilleos que yo aparentaba oír, aunque mi mente estaba centrada en ella. Seguía imaginándola desnuda, con sus curvas perfectas; su piel erizando la mía. Empecé a sudar por aquella situación, pero daba igual. Mi mente seguía pensando como su carita inocente podría convertirse en una carita llena de placer, con una sonrisa traviesa pintada en ella; como sus ojos se clavaban en los míos como una tecla de una maquina de escribir se clava en un papel; de como mi mano la recorría los senos suavemente, bajando hasta su ombligo y sus caderas. Para estas ultimas tenía un trabajo diferente, el de bailar un compás perfecto con las mías. ¿Donde estaba aquel sentimiento de culpa?
Cuando me quise dar cuenta de lo que estaba pensando ya era tarde. Mis manos se disponían a bajar la cremallera de aquella falda larga de cubo. Ella, echada sobre mi mesa, tiró los marcos de fotos, que se rompieron en pedazos. Se abrió a mi y yo ya no podía pensar con claridad. Todas aquellas fantasías de mi mente se habían convertido en realidad. Poco a poco mis manos fueron bajando, mi lengua fue recorriendo todos los recónditos rincones de su cuerpo, su respiración entrecortándose. Necesitaba esa carita, ese momento cumbre en el que ella estallaba de placer.
Miré el reloj, las doce y veintitrés. Hora de volver a casa.

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